uno

12 Mayo 2009

El otoño es pegajoso o penetrante. No se anda con términos medios. El calentamiento global, el fin de los tiempos, alguna de las pestes que nos tienen a mal traer, yo no sé por qué, pero los otoños de antes tenían días mucho más parecidos al invierno. Ahora el cuerpo se sorprende transpirado, si es que uno levanto un suéter pesado y un saco, o helado de un frío cortante, si es que se atrevió a salir de casa sin bufanda.
Lo primero es cierto temor al extravío. Era esa una ciudad con el nombre de las calles en cada esquina, pero sin embargo la gente se empeñaba en usar otra clase de referencias. En vez de Belgrano, Vacchina, Sarmiento, Moreno, eran la calle de la iglesia, el boulevard, la avenida, la calle de la municipalidad. O sea que era fácil extraviarse.
Las siete de la mañana son igual al medio de la noche. El alumbrado público es miserable. Entonces ¿por qué esos reproches? Si hubiera pedido a alguien que me haga un mapa o, más de mi tiempo, si hubiese chequeado la dirección en internet, tendría algo entre manos para mitigar el desconcierto, pero no lo tengo. O sea: si tuviera en mis manos un papel que dijese Estibáriz 626 ¿de qué me serviría? Apenas si puedo ver donde estoy parado. ¿Y si fuera un mapa? En vano hacer esa ssuposiciones, no hay mapa, y si lo hubiera no respetaría a pie juntillas los puntos cardinales, se tomaría licencia con las proporciones. Es posible que ahora mismo, arrugado en mi bolsillo, cada doblez se simulase calle y amiga, pero no hay mapa, del mismo modo en que estoy seguro que deberé bajarme al tuntún del colectivo. Antes o después del ministerio de la producción. Bueno, ya no es más ministerio de la producción sino un viejo edificio de techo acanalado, que posiblemente cobije a los parias, a los funcionarios que no consiguieron nada mejor en el reparto de oficinas, pero es una pena que ya no se llame el ministerio de la producción, aunque todavía el viejo logo, un engranaje azul sobre un fondo verde, salude desde la entrada al que viene, y es una pena porque enfrente está la unidad penitenciaria número seis, a la que todo el mundo mejor conoce como la cárcel. ¿Dónde trabajas? En el ministerio de la producción. ¿Y dónde es eso? Frente a la cárcel. O sea frente a una muralla no demasiado alta, cortada por una garita que por todo saludo informa “Apague las luces del auto”, y una barrera, que ha de ser trabajoso sortear. Eso me imagino yo, que hasta ahora nunca estuve en la cárcel ni he tenido bastante motivo para andar de visita.
¿Antes o después del ministerio? No lo sé. Lo echaré a suertes. Veré en qué esquina se baja más gente. Me gustaría pasar desapercibido, ser uno cualquiera dentro de una manada numerosa, pero sé que alguno se dará vuelta a mirarme con ojos de y vos qué. Si algo malo va a pasarme, es mejor que pase rápido. Me bajo una cuadra antes del ministerio y le doy derecho. Si en mi camino no encuentro al hospital, empezaré a dar vueltas, las vueltas que el frío me permita dar.

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