De la vanidad del mundo se reía también, al final de sus días, Valéry Larbaud. Si Walser pasó los últimos veitiocho años de su vida encerrado en manicomios, Valéry Larbaud, a causa de un ataque de hemiplejía, pasó en una silla de ruedas los veinte últimos años de su azarosa existencia.
Larbaud conservó enteras su lucidez y su memoria, pero cayó en una confusión total del lenguaje, carente de organización sintática, reducido a sustantivos o a infinitos aislados, reducido a un mutismo inquietante que un día, de pronto, ante la sorpresa de los amigos que habían ido a visitarle, rompió con esta frase:
-Bonsoir les choses d´ ici bas.
¿Buenas tardes a las cosas de aquí abajo? Una frase intraducible. Héctor Bianciotti, en un relato dedicado a Larbaud, observa que en bonsoir hay crepúsculo, el día que se acaba, en vez de noche, y una leve ironía colorea la frase al referirse a las cosas de aquí abajo, es decir, de este mundo. Sustituirla por adiós alteraría el delicado matiz.
Esta frase la repitió Larbaud varias veces a lo largo de aquel día, siempre conteniendo la risa, sin duda para mostrar que n o se engañaba, que la frase no significaba nada pero que iba muy bien para comentar la vanidad de toda empresa.
Este fragmento esclarecedor pertenece a Enrique Vila-Matas y fue publicado originalmente en Bartleby & compañía. Cada día, a cada hora, nos preguntamos por qué, para qué o, más precisamente, por qué yo, para qué escribir, si en realidad estamos signados por la vanidad.
Pues bien, mis amigos, a caballito de la vanidad, con rumbo a ninguna parte, vamos.